La Asamblea Constituyente está en el limbo, y ahí también está, penando, la mayoría de las y los asambleístas. La Asamblea fue por un tiempo la reina de la fiesta democrática. Un reinado fugaz, que se encargaron de enlodar sus festejantes y sus detractores. Muchos de los primeros fueron a la fiesta, ahora se ve, con un oportunismo de corto plazo, para sacar ventaja, enlodarla o abortarla. Los otros nunca creyeron en su promesa ni en su oportunidad y ahora la miran con sus ojitos de ´yo te lo dije´. Pero no hablamos de eso. O lo hacemos despacito, en voz baja, para no despertar a la princesa convertida en sapo.
Parece que uno de los aspectos comunes de la cultura política boliviana es que ponemos de moda un tema y políticos, líderes, medios, comentaristas y ramas anexas nos dedicamos a él por un tiempo, hasta que aparece en la escena otro tema, o lo hacemos aparecer, y cambiamos de asunto y de rumbo dedicándonos a lo nuevo con entusiasmos dignos de mejores esfuerzos. Quizá sea producto de esta nuestra vida de sobresaltos coyunturales; quizá sea que nos hemos acostumbrado a que cada tanto algún actor, hecho el vivo, patee el tablero o, simplemente que las energías no nos alcanzan para mirar más allá de lo que va a pasar dentro de una semana. Y así nos va…
Muchos promovimos y fuimos, y participamos en la Asamblea tratando de construir un espacio privilegiado de encuentro y una oportunidad para el debate y la construcción de nuevos pactos. En plural, porque éstos hubieran tenido que ser múltiples tiznados y creativos como el chenk\'o que somos, pero desde una vocación de justicia e inclusión irrenunciable.
Nadie que vea la composición de la Asamblea puede negar que tuviera potencial para cumplir con esa expectativa. Entre las 255 personas elegidas por voto popular se expresó la diversidad étnica y regional del país. Se destacaron especialmente mujeres y hombres jóvenes, de origen campesino indígena que venían del campo y las ciudades a adueñarse de la oportunidad de un pacto jurídico y político que hasta entonces les había sido ajeno. Hubo asambleístas como Loyola Guzmán, Óscar Mamani, Ana María Ruiz y Samuel Doria Medina que trabajaron arduamente para tender puentes y contribuir a que haya frutos reales.
Pero también hubo quienes fueron con anteojeras en la cara y coraza en el pecho, a cumplir sus autoprofecías radicales. Y actuaron junto con los que metieron las manos para asegurarse de que el resultado fuera sólo lo que creían que les iba a servir para quedarse 20 años en el poder, para volcar la tortilla o para que nadie cambie. Éstos ganaron, son los que empedraron el camino de la Asamblea hacia el infierno.
Dicen que en algunos países de Europa, cuando el rey o futuro rey era todavía niño, parte de la pedagogía de su educación era tener en la corte un niño plebeyo, cuya función consistía en recibir el castigo que correspondía al noble cuando éste cometía alguna travesura que merecía disciplina. El ´niño de los azotes´ recibía el castigo que correspondía al travieso rey y éste, por interpósita persona, recibía el castigo y aprendía lo que no tenía que hacer. Parece que la Asamblea Constituyente se está quedando como la niña de los azotes de nuestra reciente historia democrática. Ya sabemos lo que no hubiéramos tenido que hacer, pero, ¿estamos aprendiendo?
¿Qué pasó con la Asamblea Constituyente? ¿Nos vamos a conformar con que sea una más de las oportunidades perdidas de nuestra historia? Respondan los responsables, respondámonos todos.
*Carmen Beatriz Ruiz
es comunicadora social.
21 may 2008
En voz baja
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Asamblea Constituyente