31 ago 2008

El Jefazo y los periodistas

Agustín Echalar Ascarrunz*

El presidente Evo Morales se ha despachado una gruesa contra los periodistas. Los ha llamado sucios, y vendidos, por ende corruptos. Las reacciones no se han dejado esperar; la más airosa de todas ha sido la de mi vecino dominical, don Humberto Vacaflor.


Si bien es posible que haya gente, como denuncia don Evo, que por una pega esté dispuesta a mentir, el problema es que donde más se pueden encontrar periodistas dispuestos a falsear la verdad es, y no solamente hoy, en el lado gubernamental. De hecho, un canal estatal que sea directamente dependiente del Ministerio de la Presidencia es casi una garantía para que se dé un trabajo deshonesto. La verdad puede ser falseada no sólo por una pinche pega, sino eventualmente por una convicción militante. Ambas variantes están representadas en el canal estatal.

Por el otro lado, si hay algo que dice bien de un Estado de Derecho, es una cierta fricción entre el Gobierno y la prensa. Si la prensa es amable en demasía con el Gobierno, hay que sospechar; quiere decir que o está comprada o que se autocensura, ya sea por complacencia o por cobardía. Don Evo tiene que entender que ser figura pública, ser gobierno, implica recibir fuertes críticas; e implica que éstas sean a veces injustas. Sin embargo, el Gobierno actual en general, y Su Excelencia en particular, han tenido comportamientos que invitan a la crítica, sin necesidad del menor aceiteo.

Llamarse a sí mismo “reserva moral de la humanidad”; decretar que la casa paterna sea convertida en monumento nacional; encargar al cuerpo diplomático hacer lobby para obtener el premio Nobel de la Paz; hacer una reunión de gabinete a las 12 de la noche el 31 de diciembre; recibir a altos funcionarios de otro gobierno a las cinco de la mañana, son actitudes melgarejianas, miel para un periodista.

Y ni qué decir de los temas más serios: Llamar “nacionalización” a una renegociación de contratos; nombrar presidente de Yacimientos a un hijo de “cardenal” masista; callar y crear confusión ante el accionar reñido con la ley de un miembro de la guardia presidencial; y, por supuesto, todo el bodrio de la Constituyente, que más allá de su contenido fue aprobada en grande en un cuartel, en detalle en forma maratónica y con variaciones no discutidas previamente, y cuyo texto fue modificado tras la aprobación de Oruro por un grupo de asambleístas que se arrogaron el derecho de sus demás colegas.

Don Evo tiene que entender que no se necesita ser un esbirro del imperio, ni un cipayo, ni un pagado por las logias, ni un terrateniente u oligarca para encontrar su discurso patético, para indignarse con sus medidas populistas y populacheras, y para sospechar del paraíso estatista y socialista que viene prometiéndonos.