28 ene 2009

Un referéndum engañoso

El domingo del referéndum tuvo una grata faceta que me complace relatar. La ciudad —y me refiero tan sólo a La Paz, que es donde habito— vivió una jornada tranquila. La votación fue ordenada y numerosa, así como la abstención y las trampas fueron escasas. Los ciclistas corrieron a su aire por las calles sin tener que esquivar peligrosamente a los autobuses y a los minibuses, que son los más alocados. Las mamás pasearon a sus guaguas sonrosaditas por los rayos de sol que brillaron en La Paz. En muchas esquinas se improvisaron churrasquerías, saltándose alegremente la prohibición de expender cerveza fresca. Total, una jornada de merecido asueto.

Más allá de este panorama idílico, el referéndum lo ganó aritméticamente la nueva Constitución de La Glorieta y, por ende, la ganó Evo Morales, por un aproximado resultado provisional del 60 por ciento. Pero la papeleta del No le pegó un buen mordisco del 40 por ciento. Con estos resultados, todavía provisionales pero que tienden a confirmarse, se consolida la polarización de las dos grandes regiones, la oriental autonomista y la occidental centralista. También confirma el distanciamiento social y político entre la ciudad y el campo. El voto urbano privilegió el No, mientras que en el campo el Sí ganó la partida. Es probable, moralmente cierto, que haya habido votos inducidos y votos repetidos y votantes acarreados, documentos electorales clonados, etc. Aun cuando sea reprobable y sancionable, esto ha ocurrido en casi todas las elecciones y no es fácil de cuantificar.

Pero, dejando a un lado la disyuntiva del pro y del contra a la nueva Constitución, esta vez me detendré en la otra alternativa que figuraba en la papeleta del voto, sobre la medida lícita de propiedad rural que puede poseer un ciudadano: ¿5.000 ó 10.000 hectáreas? La pregunta es —si me permiten— una idiotez. Y si no, pregúntenselo a un simple aficionado al campo. Pues no son lo mismo 5.000 has. de terreno de secano que de regadío. Ni valen igual 10.000 has. para criar ganado o para sembrar y cosechar trigo, soya y otros cultivos que requieren de grande extensiones y modernas maquinarias; que el mismo terreno para plantar coles, lechugas y tomates. Ni es igual plantar árboles frutales que explotar racionalmente el bosque. Así que puedo asegurar, sin temor a equivocarme, que la mayoría de los votantes por esta sección de la papeleta —entre los que me incluyo— votaron a ciegas. ¿Y si uno votó por las 10.000 has. para plantar coca? Tal vez ésta sería la opción deseada por algún demente.

Aunque, a decir verdad, el cultivo de la hoja sagrada tiene altos rendimientos que están a la vista: observe el astuto lector las mansiones y edificios que surgen aquí y allá sin que se conozca el origen de las ganancias del propietario. Y lo mismo ocurre con la abundancia de vehículos pimpantes, y que no son los de “uso oficial” (pero que los utiliza y choca el hijo del papá oficialista…) Pues sí: unas cuantas hectáreas de coca, más el contrabando, más las pingües comisiones que tributan por debajo de la mesa las grandes obras públicas y, en fin, la corrupción impune, forman un conjunto de elementos que refuerzan el supuesto blindaje de la economía, según afirma el Gobierno. Tal vez ésta sea la explicación de las casillas sobre las hectáreas de tierra que se permitirá poseer.

*José Gramunt
es sacerdote jesuita y director de ANF.