“Comienza tu día con una sonrisa y verás lo divertido que es ir por ahí, desentonando con todo el mundo”. Mafalda nos regaló esa frase, que aún es un buen consejo sobre todo en estos tiempos de intolerancia, aunque prefiero hablar de tolerancia, buscando en el sentido positivo pistas a seguir en días venideros. En Wikipedia, tolerancia es “aceptación de la diversidad de opinión, social, étnica, cultural y religiosa”; la “capacidad de saber escuchar y aceptar a los demás, valorando las distintas formas de entender y posicionarse en la vida, siempre que no atenten contra los derechos fundamentales de la persona...”.
Para la Unesco, tolerancia consiste en “el respeto, la aceptación y el aprecio de la rica diversidad de las culturas de nuestro mundo, de nuestras formas de expresión y medios de ser humanos. La fomentan el conocimiento, la actitud de apertura, la comunicación y la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión. No sólo es un deber moral, sino además una exigencia política y jurídica”, porque se trata de una necesidad para la paz y el progreso económico y social de todos los pueblos.
Los factores de tolerancia tienen relación con los de inclusión, ya que dependen de su práctica o su negación. En Bolivia, nuestro déficit en inclusión es tan grande e histórico que quien hable de ello será escuchado y apoyado. Inclusión y exclusión no se entienden el uno sin el otro. La exclusión y la marginación pueden conducir a la frustración, la hostilidad y el fanatismo. La dupla está en la base de la pulsión de poder del MAS y en la disputa de poderes que jalona la crisis de Estado desde el 2000. Seguir la huella de esta pulsión (que no es debate, sino acción, activismo, frenesí fáctico y fálico) da el marco de un proyecto de poder alimentado por las escaramuzas inoperantes de oposición, que refuerzan su convicción de que el enemigo debe ser aplastado porque, de lo contrario, volverá a levantar la cabeza para morder los pies descalzos. Un proyecto de poder que tiene como eje las marchas campesinas indígenas, bloqueos y otras movilizaciones que están arropando al caudillo y la armazón legal expresada en la nueva Constitución.
Inclusión en clave práctica, es ser visible, obtener reconocimiento de igual, contar con el respeto debido, decidir, tener acceso al ejercicio de poder, lograr ser autoridad legítima y ser obedecido. Se suponía que esto era un proceso, pero quienes gobiernan creen que éste ya no es posible sin las claves de aceleración de la igualdad; ya no hay tiempo para esperar procesos a fuego lento, viven el signo de la prisa y la urgencia. Por eso las cuotas y los incentivos son considerados placebo ante la posibilidad de asaltar, como una tempestad, el poder contante y sonante. Por eso campea la reinvención de lo indígena, que tiene la fuerza del ahora es cuando, en contra de la idea edulcorada del mestizaje y la urbanización como destino fatal.
Mucha gente desconfía y rechaza la idea de tolerancia porque la encuentra tibia y consoladora frente a la situación de injusticia de miles, aunque el concepto no es lo mismo que concesión, condescendencia o indulgencia, sino una actitud activa de reconocimiento de los derechos humanos universales y las libertades fundamentales de los demás y que uno no impondrá sus opiniones a los demás.
Los datos del referéndum son una oportunidad más, si nos convencemos de que practicar la tolerancia resultará mejor que la confrontación. En clave de tolerancia, es tan condenable el autoritarismo de quienes ganaron como la amenaza de desacato de quienes perdieron. Siguiendo el consejo de Mafalda, si nadie hace caso, al menos por ahí va una desentonando.
*Carmen Beatriz Ruiz
es comunicadora social.
